En el mar

¡En el mar, la vida es más sabrosa!

Por: Anaraceli Alvarado Álvarez

 

“En el mar, la vida es más sabrosa”, o por lo menos así dice la canción, y sigue: en el mar, te quiero mucho más, con el sol la luna y las estrellas, en el mar, ¡todo es felicidad!

 

Inspirada en la canción, escribo este relato de la maravillosa experiencia que tuve, cuando conocí   “El Mar”.

 

Recuerdo que fue en el año de 1951 que vivíamos en la ciudad de México, así que para conocer el mar tuvimos que viajar en autobús hasta el Puerto de Veracruz, donde mi madre había viajado muchas veces, porque formaba un dueto con mi padre antes de que yo naciera, e hicieron giras “Literario Musicales”, porque mi madre era cantante, pianista y guitarrista concertista, por cierto la primera mujer invidente, titulada de los dos instrumentos, con Mención Honorífica, su tesis estuvo expuesta en la biblioteca del Conservatorio Nacional de Música. Mientras mi padre tocaba el violín y declamaba sus poemas.

 

El motivo de las giras por toda la república mexicana, era una labor solidaria para promover la atención y rehabilitación, que debían darles a los mexicanos que se habían quedado sin vista por diferentes causas.

 

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En esa época, sólo había Escuela de Ciegos, con personal docente especializado para atenderlos en la Ciudad de México, en la calle de Mixcalco, así su labor era promover con los gobiernos de los estados de la República Mexicana, que unieran esfuerzos para fundar Escuelas de este tipo, de acuerdo al número de invidentes y débiles visuales entre dos o más estados.

 

Por otra parte, mi padre fue fundador del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Música, que fue donde mi madre lo conoció, al trabajar como su secretaria, cuando ocupaba el cargo de Secretario de Organización y Propaganda del SNTM. Ya casados, iniciaron la gira que los llevó hasta la ciudad de Texas, Los Ángeles y San Antonio, e hicieron relaciones con las Instituciones de Invidentes, que les proporcionaron ediciones completas de libros en el Sistema Braille. También fundaron juntos la Primera Organización Nacional de Ciegos, que les proporcionaba a los socios comidas, boletos de transporte terrestre para visitar a sus familiares en provincia, en Navidad y Año Nuevo. Además les entregaban despensas y rifaban arcones navideños, que formaban con los apoyos en especie que mis padres conseguían, en fábricas de ropa, envasadoras de alimentos, vinaterías, etcétera.

 

Mi madre me platicó, que para llegar a Mérida la capital de Yucatán, donde permanecieron más de seis meses trabajando, abordaban en el puerto de Veracruz un barco para trasladarse a la península. Cuando me lo platicó, me mostro el barco en una tarjeta postal.

 

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Tenía apenas ocho años de edad, cuando por primera vez conocí ese maravilloso cuerpo de agua en constante movimiento, en diferentes tonalidades de azul dependiendo de la hora del día, además de la iluminación del astro rey y/o la plateada y brillante luz de la luna.

 

Recuerdo “como si fuera ayer”, que al llegar a la playa vi en el horizonte, como el azul del mar se unía al azul del cielo en un solo paisaje maravilloso, como si estuvieran unidos y formaran un solo cuerpo celeste. Ante este paisaje me quedé… ¡atónita!, ¡boquiabierta!, y en silencio, porque nunca había visto tanta extensión a lo lejos, sin un solo objeto que me impidiera observar la inmensidad de ese paisaje.

 

Mi madre invidente, comprendió inmediatamente lo que me pasaba, porque como solía hacerlo, su mano derecha la apoyaba en mi hombro para que camináramos juntas, – porque era su ‘lazarillo’ – al enfrentarme en la playa al mar, de pronto detuve mis pasos porque las olas me marcaron los límites de mi marcha.

 

Esa primera vez, significó una gran experiencia de vida, sólo me detuve y recuerdo también que suspiré, ¡tan profundamente! Que me faltó el aire, para poder hablar, sólo pude decir: ¡Híjole! Ella comprensiva esperó a que me repusiera de la sorpresa para preguntarme: ¿te gusta? Sí mamacita, ¡mucho! Y agregué: ¡Qué grande es el mar! Así permanecimos unos segundos, frente al maravilloso espectáculo.

 

Cuando me recuperé de la sorpresa y pude hablar, le dije: – Mira mamá, perdón…, miro el mar… por fin lo conocí gracias a ti mamacita, te voy a describir a detalle cómo es, mi madre me dijo: – primero vamos a buscar un lugar donde nos podamos sentar y disfrutar de una bebida fresca bajo la sombra, mientras me describes ¡este maravilloso mar!

 

Así que miré a un lado y al otro de la playa, descubrí un lugar donde la gente se encontraba sentada en cómodas sillas de lona, bajo la sombra de techitos con paja, como paraguas de playa. Encaminé mis pasos, le indiqué a mi madre donde podíamos descansar cómodamente y yo acerqué una silla para estar a su lado, para lo que se le ofreciera.

 

Se acercó una señora para ofrecernos bebidas frescas: limonada, naranjada, agua de mango y agua de coco fresco, recién cortado. Mi madre eligió agua de coco, me preguntó que me gustaría probar, así que pedí lo mismo, porque nunca había probado el agua de coco.

 

Una vez instaladas en semejantes poltronas, pude describirle palmo a palmo aquella maravilla de la naturaleza que ella no podía disfrutar, por carecer de la vista, porque yo estaba acostumbrada a ser muy observadora, debido a que era “los ojos de mi madre”, e inicié la descripción con lujo de detalles, de la siguiente manera.

 

El mar es ¡inmenso!, se puede ver aquí en la playa donde empieza, pero no dónde termina, porque a lo lejos se junta con el cielo y pareciera que son uno mismo, porque son del mismo color azul. Las olas cuando llegan a la playa, ¡se rompen!, formando espuma como si fuera un encaje fino. – Sí hija, y el ruido que producen es muy agradable, además si te recuestas en la silla de playa descansas y si tú también cierras los ojos como yo, vas a disfrutar de su sonido que produce tranquilidad.

 

Así que dejé mi coco en la arena con cuidado, imitando a mi mamá, me recosté como ella en la silla de lona, cerré los ojos también y pude disfrutar del sonido de las olas que me hicieron sentir tranquilidad, hasta suspiré otra vez, como si mi cuerpo me lo agradeciera.

 

No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero de pronto escuché la voz dulce de mi madre, al mismo tiempo que sentí su mano que me acariciaba la frente, como solía hacerlo y tranquilizándome dijo: – no abras los ojos todavía, tómate tu tiempo… En verdad descansaste, porque estuviste quietecita sin demostrar como siempre tu inquietud por moverte constantemente, brincar, platicar y querer ir de un lado al otro.

 

Así que es el momento de que ¡entremos al agua! Porque has de saber que el vaivén del agua que forma las olas, podría decirse que te da masaje. ¿Quieres probar? ¡Claro que sí! Entonces, debemos quitarnos el vestido, para poder nadar. Porque previamente nos habíamos puesto el traje de baño, una vez que los acomodé en nuestras sillas, una vez listas las dos, me indicó que nos acercáramos hacia las olas, porque ella era una gran nadadora y como tal, me había enseñado a hacerlo también. Me tomó del hombro y decididas caminamos hacia el mar, no sin antes recomendarme que camináramos con cuidado, me indicó que nos acercáramos hacia las olas.

 

En cuanto mis pies sintieron el agua tibia, sentí un escalofrío de la emoción, y poco a poco nos introducimos en el agua; una vez que el agua nos llegó a las rodillas, mi madre me tomó de las dos manos, caminamos con sigilo no sin antes recomendarme no soltarme, soportando el embate de las olas, fue entonces cuando me dijo: – ahora vamos a quedarnos paradas, tomadas de las dos manos para darnos fortaleza, si alguna de las dos se cae, la otra le ayuda a la otra a levantarse, ¿estás lista?… – ¡Sí mamá!

 

Así que mi primer encuentro con la energía del mar, lo tuve ese día y el golpeteo de las olas nos hizo sentir, como si ellas de verdad nos estuvieran dando masaje, pero además, fue ¡muy divertido! Así poco a poco aumentó mi confianza, después con una sola mano nos manteníamos juntas, nos sumergíamos en el agua, salíamos a la superficie y reíamos divertidas.

 

Fue una experiencia única, que nunca antes había experimentado. Madre e hija juntas, brincando en el agua, hasta que el hambre nos invadió, tuvimos que salir para recuperar energías y por otra parte, ya estábamos muy cansadas, más bien estábamos ¡rendidas! Así que salimos del agua, nos secamos muy bien el cuerpo y sobre todo el pelo, nos pusimos una bata afelpada que nos hizo recuperar el calor corporal.

 

Y como dice mi mamá: – “Sin comer y sin dormir, no se puede vivir”. Así que me pidió llamar a la señora que nos atendió, para preguntar si también preparaban comida en ese lugar. Nos ofrecieron el menú: filete de pescado o mojarra al mojo de ajo o a la diabla, con ensalada y arroz; ¡un platillo completo!; coctel de camarones, o de ostiones; coctel campechano, que es la combinación de los dos mariscos, sazonado con salsa de tomate, cebolla, chile verde, cilantro, finamente picados, jugo de limón y aguacate, formando un abanico de adorno.

 

Degustamos lo que habíamos pedido: mi madre pidió dos órdenes de filetes de pescado, uno al mojo de ajo y otro a la diabla, un coctel campechano, mientras preparaban los filetes de pescado; por mi parte, pedí coctel de camarones, y cuando terminé de disfrutarlo, ya estaban listos nuestros filetes. Al terminar de comer, creo que las dos nos quedamos profundamente dormidas por un buen rato, hasta que despertamos del relajante descanso, me dijo mi madre: observa muy bien el horizonte y por favor descríbeme, cómo se ve el mar ahora que ya es más tarde y el sol está a punto de desaparecer.

 

No cabe duda de que las madres son maravillosas, y podría decir que hasta mágicas. A pesar de que mi madre carecía del sentido de la vista, ¿cómo podía saber que el cielo cambiaba de colores? Y efectivamente ahora se veía distinto el mar, desaparecía el sol que iluminaba de dorado todo a su paso y se reflejaba en el en el horizonte. Así que me dispuse a describir este fenómeno lo mejor que pude.

 

Me parece que efectivamente ha cambiado el mar, ya no se ve como cuando llegamos, el sol está en el horizonte, los tonos de azul se han oscurecido, también el cielo ha cambiado de color, pero las olas siguen jugando, vienen y van, hasta creo que ya está más cerca de nosotras. Sí hija, seguramente ya subió la marea. ¿Qué es marea? Mi madre sonrió y comprensiva contestó: – El mar sube de nivel, se dice que sube la marea. – ¡Qué chistoso mamá! Me acuerdo cuando llevamos a mis primas a la feria que me preguntaron: – ¿no te mareas? Y les dije ¡Claro que no! Porque ya me había subido a los juegos varias veces y nunca sentí mareo; por eso dije, ¿qué tiene que ver el mar con la mareada? No hija, una cosa es el mareo y otra la marea, son dos palabras distintas y también con distinto significado. El mareo, es cuando pierdes el equilibrio, el sentido kinestésico, por cierto que eso me pasó la primera vez que me subí al barco, pero después se acostumbra uno al vaivén. Ya sé mamá, porque los barcos en el mar los mueven las olas verdad. ¿Sabes mamá?, me gustaría hacer un viaje contigo en barco, pero no muy lejos, porque a lo mejor yo sí me mareo.

 

Como ya era un poco tarde, nos dispusimos regresar al hotel, pero antes fuimos a una cafetería muy famosa del puerto, cerca del muelle, se llamaba “Cafetería La Parroquia”, servían un café con leche, ¡delicioso! Y mi madre pidió para mí, una taza de riquísimo chocolate, acompañada por supuesto con delicioso pan de dulce. Lo que me llamó la atención de ese lugar, es que la gente llamaba al mesero, tocando con la cuchara en el vaso, como si fueran campanas; porque deben saber que el café con leche lo sirven en vasos gruesos a los que le dejan la cuchara adentro, para que cuando les sirven el café y la leche muy caliente, casi hirviendo, no se revienten.

 

Como educadora, recuerdo que cuando trabajé en el Jardín de Niños, que se encontraba dentro de las instalaciones de la Escuela Superior de Guerra, como habíamos cantado con la maestra de piano por primera vez la canción “Barquito de papel”, a los niños les gustó mucho.

 

Cuando llegamos al salón de clase, me pidieron les enseñara a doblar con la mitad de un periódico un barco, lo decoraron con crayolas, le dibujaron claraboyas y después en el espejo de agua los pusieron a flotar, le soplaban, navegaban lento, después me pidieron una de las carpetas de trabajo, para soplarle como si fueran abanicos. Los niños disfrutaron mucho esta actividad y la verdad es que ¡fue muy divertido!

 

La canción decía: – Con la mitad de un periódico, hice un barco de papel, y en la fuente de mi casa, navegando va muy bien, mi hermana con su abanico, sopla que sopla sobre él. Yo te deseo muy buen viaje, buquecito de papel. Estaban tan motivados, que al día siguiente organicé “lluvia de ideas” que se convirtió en “Tormenta de ideas”, porque se les ocurrieron muchas cosas para crear entre todos el cuento.

 

Yo anotaba todo lo que decían en una libreta, iniciaron así: Era un niño que había hecho en la escuela su barquito de papel, después llegaba a su casa lo hacía navegar en una cubeta soplándole, se quedaba dormido y soñaba con ser marinero. Y en el sueño, era el Capitán del barco, les revisaba el uniforme a todos los marineros del barco, yo les añadía: se llama tripulación. Muy bien maestra, luego se subían y se iban. Yo les interrumpía diciendo, primero el capitán les pide que tomen sus puestos, y que leven anclas. ¿Qué son anclas? Preguntaban en coro. Son con lo que un barco se mantiene en un lugar, para que las olas no se lo lleven a otro lado. (Les dibujé en el pizarrón la forma de un ancla) Un niño dijo: – Mi tío es marinero y tiene una cadenita con una ancla igualita-. Muy bien, qué observador eres. Siguieron con las ideas. – Después que se iban y el capitán en el timón, viajaban -. Se dice navegaban. – Navegaban, sí, pero ya que estaban lejos de la orilla, les caía una tormenta y el barco se movía mucho. Unos se caían, otros se detenían como podían para lograr mantener el equilibrio, hasta que el Capitán dio la orden de arrojar al mar lo que no necesitaran, porque el peso podría hacerlos naufragar. Los niños preguntaron: ¿qué es naufragar? Es cuando el barco se hunde, la tripulación pierde la oportunidad de llegar a tierra y salvar la vida, (los niños abrían los ojos desmesuradamente y ponían cara de asombro).

 

Y ¿cómo se pueden salvar?… Cuando el barco se aleja de la tormenta, ya no se hunde, hasta que el barco logra mantener un suave vaivén, que arrulla a los marineros que estaban muy cansados, por el esfuerzo de que mientras luchaban por salvarse, mantener el equilibrio y arrojar la carga que podría hacerlos naufragar, como dice el dicho “después de la tempestad, viene la calma”, hasta que se quedaron dormidos.

Publicado el 7 de mayo, 2017 | Por | Sin Comentarios | En la categoría Literatura | Con las siguientes etiquetas Etiquetas: ,

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