“La historia de Tolita V”

“La historia de Tolita V”

 

En voz de Anita: Mi primer recuerdo de niña, 16 de septiembre de 1945, día festivo, Bernardina la ayudante de la casa tuvo el día libre, mi madre preparaba café, yo me encontraba en la cama matrimonial de latón, que compartía con mi madre. De pronto mi mamá, que a falta del sentido de la vista, los otros cuatro sentidos se le agudizaron, escuchó el crujir de la duela del piso, mientras alguien caminaba; recordó que a veces se presentaba el acordeonista a desayunar, mi madre sonrió y lo llamó:

 

-¡Nazario!… Dice el dicho: más vale llegar, que ser invitado ¿verdad?

 

-Se dejó de escuchar el rechinar de la duela del piso y un silencio invadió la habitación.

 

-Acto seguido, se vuelve a escuchar rechinido de la duela, pero ahora se escuchó cerca del pasillo, que conducía a la recámara; a Eustolia la invadió el miedo, porque se encontraba sola con su hija de escasos dos años y medio. Sin pensarlo dos veces, se encaminó a la recámara y llamó a su hijita:

 

-Anaracelita, ¡alguien entró a la casa!

 

-La niña ¡ipso facto! Brincó de la cama y como se encontraba descalza, pidió a su mamá que la cargara ¡Upa Úpa! Cuando vio a un hombre de boina y chamarra, que ya tenía las guitarras de su madre, una en cada mano.

 

-¡Mamá es un ratero! Y ¡se lleva tus guitarras! La niña se bajó de un salto y puso las manos de su mamá sobre la espalda del ladrón. Porque sabía que era como su madre con el tacto, conocía y reconocía los objetos que no podía ver. Él al sentir que lo sujetaban de la ropa, soltó las guitarras, sacó los brazos de la chamarra y echó a correr. Mientras Eustolia sostenía la ropa del ladrón en sus manos.

 

-La niña gritó triunfante: ¡mamá, ya se fue el ratero, soltó tus guitarras y salió corriendo!

 

-¡Hasta dejó su chamarra!… Mira hija… ¡Salió perdiendo!

 

Madre e hija se tomaron de las manos y brincando, gritaban triunfantes: ¡Le ganamos al ratero!… ¡No pudo robarse nada! Y terminaron riendo y festejando.

 

Acto seguido, ya más calmadas, dijo Eustolia: ahora vamos al comedor a desayunar, pero primero, lávate las manos hijita.

 

-Sí mamacita, (mientras caminaba hacia el baño, repetía la niña cantando: le ganamos al ratero, somos muy valientes, le, ro, le, ro, candelero).

 

Madre e hija, sentadas a la mesa, mientras degustaban la fruta y la avena con leche, que había preparado la madre.

 

Mamacita, no le vayas a platicar a mi papá cuando regrese, porque nunca cree lo que le contamos, dice que son inventos.

 

-Oye mamá, ¿Nina trajo anoche ‘campechanas’ de la panadería?

 

-Sí Hijita, y ya sé que te gustan mucho, pero ya te enseñó tu tía Concha, cómo debes poner la mano debajo de la campechana, para no tirar moronas mientras la muerdes, ¿verdad?

 

-Sí mamá, porque vienen las hormigas y los ratones, si dejo moronitas de pan en la silla y en el suelo.

 

Madre e hija rieron divertidas.

 

Eustolia suspiró aliviada y desde ese día supo que los ojos de su hija, serían sus ojos. Además la niña era intrépida, inquieta, había aprendido no sólo a servir a sus padres de ‘lazarillo’, sino que había desarrollado sus cinco sentidos, para ser observadora, valiente, ayudar siempre y reaccionar de inmediato, para resarcir la falta de la vista de sus padres.

 

No cabe duda que la vida ofrece nuevas oportunidades, a los seres que se esfuerzan, para seguir adelante y triunfar en la vida, no importando la carencia de alguno de los sentidos.    

Publicado el 26 de junio, 2017 | Por | Sin Comentarios | En la categoría Literatura | Con las siguientes etiquetas Etiquetas:

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