La historia de Tolita

La historia de Tolita

 

En el pueblo de Ojocaliente, Zacatecas María Belmonte por indicación de sus padres, se casa con un hombre 20 años mayor que ella, procrea seis hijos, queda viuda a los 25 años, desorientada y sin saber administrar los bienes familiares, pierde el 90% de la fortuna, legado de su esposo. En 1915 se propaga una epidemia en todo el país,viruela negra’, el gobierno fabrica la vacuna llamada ‘linfa’, de origen animal (ternera), para prevenir la enfermedad. Se hace una campaña nacional, los padres tienen que llevar a sus hijos a la capital del estado, para su vacunación. María lleva a sus cuatro hijos mayores, supone que los dos menores, como no van a la escuela, no corren peligro de contagio.

 

Llega la epidemia al pueblo de Ojocaliente, los hijos mayores de María no enferman, (sólo Antonio queda cacarizo), José el más pequeño de tres años, fallece por la enfermedad, la viruela cobra la vida de 70 mil mexicanos. Eustolia, que de cariño le decían Tolita, tenía escasos 5 años y sin vacunar, padeció de ‘viruela negra’, que le quema un ojo, el párpado le queda hundido, en el otro ojo, se le forma una carnosidad que le impide ver bien, pero puede caminar con mucho cuidado, porque sólo ve nublado.

 

A María Belmonte le invade un ‘sentimiento de culpa’, porque al no llevar a sus hijos menores, el más pequeño muere y Tolita pierde más de la mitad de la visión. Para tratar de remediar el mal de Tolita, sigue los consejos de amistades y la lleva con José Fidencio Constantino Síntora, mejor conocido como el “Niño Fidencio”. Tolita de viva voz, platica su experiencia con el famoso curandero.

 

– Llegamos a una casa humilde, en un cuarto atendía a los enfermos, le dijo a mi mamá que saliera porque me tenía que operar. Cuando nos quedamos solos, ese curandero no era un niño, tenía más de 15 años y olía mucho a alcohol, me dijo:

– ¿Cómo te llamas?

– Tolita.

— No te preocupes Tolita, voy a buscar una botella ‘muy bonita’ para operarte.

En una mesa tenía frascos, vasos y botellas de vidrio, eligió una.

– Mira Tolita, escogí la botella ‘más bonita para tí’, con esta te voy a operar, ¿te gusta?

– Sí.

 

El curandero se acercó otra vez a la mesa y con la orilla golpeó la botella, que se hizo pedazos.

 

– Ahora voy a escoger el pedazo de vidrio más bonito para tu operación.

 

Entre todos los pedazos, escogió uno muy filoso y me lo enseñó, lo puso en una olla de agua hirviendo y me dijo:

 

– Tienes que acostarte en esta mesa, porque te voy a operar, vas a quedarte quietecita.

 

Me puso un algodón húmedo en la nariz, con un líquido que olía muy feo y me quedé dormida; no sé cuánto tiempo pasó, pero cuando desperté tenía toda la cabeza vendada, sólo la nariz y la boca, me dejó descubierta, seguramente para poder respirar y para comer.

 

El curandero le dice a María Belmonte de Álvarez.

 

– ¡Ya la operé! Va a poder ver con los dos ojos.

 

La cara de María se iluminó y miró al cielo aliviada. El curandero le dijo:

 

– Llévesela a su casa, a su pueblo. Al tercer día le quita los vendajes que le puse, con mucho cuidado, usa fomentos de agua tibia, porque tendrá sangre seca de la operación, así lo hace cada tercer día. Cuando cumpla un mes, me la trae otra vez.

 

Ya en su pueblo de Ojocaliente, María cuida a Tolita con mucho cariño, sus 4 hermanos se acercan a saludarla, María les pide que no se acerquen mucho porque la pueden lastimar.

 

Al tercer día, mientras sus cuatro hijos se van a la escuela, María sigue las instrucciones del curandero, le quita con mucho cuidado los vendajes, ayudándose con fomentos de agua tibia; al quitarle el último que le cubría los ojitos, descubre con horror, que tenía los dos párpados hundidos, ¡había perdido los dos ojitos! La invade un profundo dolor, ahora tiene ‘doble sentimiento de culpa’, pero no lo manifiesta, sino que reacciona violentamente y le grita a la mujer que le ayudaba en su casa. ¡Santos!, ven rápido, por favor, ¡ven rápido!

 

– Dígame señora, ¡qué le pasa!…

– ¡Llévate a Tola al último cuarto de la casa!… ¡No la quiero volver a ver!… Desde hoy, tú te harás cargo de ella…

– Sí señora Doña María, lo que usted diga.

 

La mujer desde ese día, se hizo cargo de Tolita, la llevó con mucho cuidado a la última habitación de la casa, la que se encontraba hasta el fondo, junto al corral donde se quedaban los caballos y jumentos los domingos, que era día de plaza. Porque la casa de Doña María, era un mesón, de nombre “San José”, que era el nombre de su difunto esposo.

 

Santos era una buena mujer que le había tomado cariños a Tolita, desde hacía tiempo, así que no tuvo problemas para ganar su confianza. Se encargaba de lavarle su ropa, le llevaba sus alimentos, le ayudaba a su aseo personal, la acompañaba al baño, y al terminar sus labores, pasaba tiempo con la niña platicándole historias, que le había contado su abuelito, cuando trabajaba en el rancho de Don José, papá de Tolita, llamado “El Tropezón”.

 

Cuando Santos le platicaba del Rancho, que la niña ya no conoció, tan sólo al mencionar su nombre “El Tropezón”, la pequeña niña Tolita, reía entusiasmada y le preguntaba.

 

– Santos, el rancho de mi papá ¿era muy grande?… Te gustaba vivir ahí con tu familia… ¿Qué hacías para jugar?… ¿Tenías hermanos?…

 

Y así muchas preguntas, que a veces Santos tenía que inventar, para no desilusionarla.

 

– ¿Cómo era mi papá?… ¿Le gustaba montar a caballo?… ¿Era alto y guapo como mi hermano Toño?…

 

Al convivir de cerca con la niña, y darse cuenta de la vitalidad e inteligencia de la pequeña, decidió animarse y un día,… a Santos se le ocurrió pedirle permiso a Doña María, para llevar a Tolita al catecismo.

 

– Señora Doña María, ¿me da permiso de llevar a la niña Tolita al catecismo?

 

Enfadada por haberla molestado, le pregunta:

 

– ¿Qué dijiste?…

– Que si me da permiso de llevar a la niña Tolita al catecismo.

– Para qué la vas a llevar, ¡si está ciega!… Sólo a ti se te ocurre…

– Para estudiar el catecismo, no necesita ver. La niña Tolita es muy inteligente y tiene muy buena memoria.

– ¿Cómo sabes?

– Porque cuando en la tarde le cuento historias, se las aprende y me las cuenta, pero con detalles que ni siquiera yo me acordaba, porque usa su imaginación.

– Si tú te comprometes a llevarla, te doy permiso, pero conmigo ¡no cuenten!

– Sí señora Dona María, yo me hago responsable de llevar a Tolita a la iglesia.

 

Así la niña Tolita, tuvo la oportunidad de convivir con otras niñas y niños que acudían al catecismo, porque Doña María no permitía a sus cuatro hijos mayores, que convivieran con la niña Tolita. Además, ya nunca le compraron ropa de su tamaño, tenía que conformarse con los vestidos viejos de su hermana, 5 años mayor que Tolita, llamada Genoveva. De tal suerte que además de quedarle los vestidos largos, casi hasta el suelo, estaban tan viejitos y luidos, que no le duraban mucho, porque cuando los lavaba Santos, a pesar de ser muy cuidadosa, con cada lavada tenía que zurcirlos o ponerles un parche de otra tela. Santos se las ingeniaba, para conseguir retazos de tela sobrante, que le regalaba una señora.

 

Desde el primer día que Santos llevó a Tolita, se la presentó al sacerdote y le preguntó:

 

– ¿Cómo te llamas niña?

 

– Me llamo Eustolia, pero de cariño me dicen ‘Tolita’.

 

– Muy bien, pues nosotros aquí en el catecismo, también te vamos a decir de cariño Tolita.

 

– Gracias padre.

 

– Niñas y niños, tenemos una nueva compañerita en el catecismo. Su nombre es Eustolia, pero de cariño le diremos ‘Tolita’, saluden a Tolita porque le vamos a dar la Bienvenida.

 

Todas las niñas y los niños del catecismo, saludaron al unísono.

 

– ¡Buenas tardes Tolita!… ¡Bienvenida a la clase de catecismo!

 

El padre le indicó a Santos, que llevara a la niña hasta una pequeña silla, para que iniciara la clase y además le dijo, a qué hora terminaría, para que regresara por ella.

 

Al terminar la clase de catecismo, el sacerdote les dijo:

 

– Ahora todos vamos a cantar. Tolita, no te preocupes, poco a poco te vas a ir aprendiendo los cantos, así que escucha y trata de memorizar las canciones, para que después nos acompañes a cantarlas. ¿Te gustaría cantar con nosotros?

 

–  ¡Claro que me gustaría mucho! Y voy a poner mucha atención, para cantar con todos ustedes.

 

El sacerdote acompañaba los cantos, tocando una mandolina, Tolita al escuchar el instrumento, se sorprendió de lo bonito que se escuchaba las notas y sonreía. Al terminar de cantar, justo era la hora de salida y poco a poco, las niñas y los niños fueron despidiéndose.

 

Santos llegó por Tolita, pero ella le pidió esperar un poco, porque tenía que preguntarle al sacerdote, algo muy importante.

 

– Padre, me daría permiso de conocer el instrumento con el que nos acompañó, cuando cantamos todos juntos. ¡Sería posible que lo pudiera tocar con las manos!, porque así es como conozco las cosas. ¿Verdad Santitos?

– Sí niña, así es como las vas conociendo.

– Padre, yo nunca había escuchado esos sonidos tan bonitos.

 

El sacerdote conmovido, al ver la carita de Tolita tan sincera y a la vez, tan curiosa, le contestó:

 

– Muy bien Tolita, pero primero siéntate, para que te la ponga en las manos y puedas conocerla. Se llama Mandolina.

– ¡Qué bonito nombre padre!

 

La niña se sentó, esperó a que el sacerdote se la pusiera en las manos, la niña la tocó con sus manitas, palmo a palmo, sin perder detalle; primero la caja de resonancia, que es la parte más grande del instrumento. Después el brazo, con la cabeza y las clavijas que tensan sus cuerdas, descubrió debajo de las cuerdas la boca de la caja de resonancia, que se encuentra frente a las cuerdas, porque al vibrar, pasa el sonido a la caja y se proyecta al exterior.

 

– Mira Tolita, este es el brazo de la mandolina, va del lado izquierdo, para que con la mano derecha, toques las cuerdas.

– ¿Puedo tocar cada una de las cuerdas a ver cómo suenan?

– Sí Tolita, pero con mucho cuidado.

 

Así la niña, tocó cada una de las cuerdas, inició por la de arriba, hasta terminar con la de abajo, y entonces preguntó:

 

– Padre, ¿puedo tocarlas todas al mismo tiempo?

– Muy bien Tolita, pero por favor, no sueltes la mandolina.

– ¡No padre!, nunca lo haría, porque se rompe. ¿Verdad?…

 

La niña suspiró y un poco más tranquila, con los dedos juntos inició el rasgueo de arriba abajo, varias veces lentamente y el último, lo hizo con mucha velocidad. Al escuchar el sonido, la niña se levantó, le entregó la mandolina al sacerdote, brincó y brincó, varias veces de gusto, al mismo tiempo que reía entusiasmada y decía:

 

– ¡Qué bonito suena la mandolina!… ¡Qué bonito suena!

 

Un poco más calmada, y respirando todavía agitada por tanto brinco, le dijo al sacerdote:

 

– Padre, ¿me enseñaría a tocar la mandolina?

 

El sacerdote conmovido sonrió, al mismo tiempo que resbalaban por sus mejillas, gotas de cristal, que enjugó con su pañuelo, para luego decir con la voz quebrada:

 

– Con mucho gusto Tolita, y te prometo que desde hoy, te daré la primera clase, cada día te doy permiso de llevarte el instrumento a tu casa, para que estudies. Si eres dedicada y de verdad quieres aprender, estudiarás todos los días. ¿Verdad Tolita?

– Si padre, ya verá que voy a ser muy estudiosa, para que esté orgulloso de su alumna.

– Pues si estudias y llegas a tocar muy bien, además con mucho sentimiento; porque ese es el chiste de tocar un instrumento, ponerle alma y corazón. Y si aprendes a tocarla… ¡Te la regalo!

– ¿Me lo dice de verdad padre?

– Yo nunca digo mentiras Tolita.

– Entonces, ¡con más ganas estudiaré!… No por el regalo padre, porque no soy interesada, pero sé que desde hoy, la música va a ser mi eterna compañera.

– Santitos, tenías razón, yo no puedo seguir encerrada, tengo que aprender música.

 

En ese preciso momento, el sacerdote le dio a Tolita, su primera clase de mandolina.

Publicado el 4 de abril, 2017 | Por | Sin Comentarios | En la categoría Literatura | Con las siguientes etiquetas Etiquetas:

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