“MUJER PERENNE”- ARGUMENTO

“MUJER PERENNE”- ARGUMENTO

 

En el pueblo de Ojocaliente, Zacatecas María Belmonte por indicación de sus padres, se casa con un hombre 20 años mayor que ella, procrea seis hijos, queda viuda a los 25 años, desorientada y sin saber administrar los bienes familiares, pierde el 90% de la fortuna, legado de su esposo. En 1915 se propaga una epidemia en todo el país, ‘viruela negra’, el gobierno fabrica la vacuna llamada ‘linfa’, de origen animal (ternera), para prevenir la enfermedad. Se hace una campaña nacional, los padres tienen que llevar a sus hijos a la capital del estado, para su vacunación. María lleva a sus cuatro hijos mayores, supone que los dos menores, como no van a la escuela, no corren peligro de contagio.

 

Llega la epidemia al pueblo de Ojocaliente, los hijos mayores de María no enferman, (sólo Antonio queda cacarizo), José el más pequeño de tres años, fallece por la enfermedad, la viruela cobra la vida de 70 mil mexicanos. Eustolia, que de cariño le decían Tolita, tenía escasos 5 años y sin vacunar, padeció de ‘viruela negra’, que le quema un ojo, el párpado le queda hundido, en el otro ojo, se le forma una carnosidad que le impide ver bien, pero puede caminar con mucho cuidado, porque sólo ve nublado.

 

A María Belmonte le invade un ‘sentimiento de culpa’, porque al no llevar a sus hijos menores, el más pequeño muere y Tolita pierde más de la mitad de la visión. Para tratar de remediar el mal de Tolita, sigue los consejos de amistades y la lleva con José Fidencio Constantino Síntora, mejor conocido como el “Niño Fidencio”. Tolita de viva voz, platica su experiencia con el famoso curandero.

 

– Llegamos a una casa humilde, en un cuarto atendía a los enfermos, le dijo a mi mamá que saliera porque me tenía que operar. Cuando nos quedamos solos, ese curandero no era un niño, tenía más de 15 años y olía mucho a alcohol, me dijo:

 

– ¿Cómo te llamas?

 

– Tolita.

 

– No te preocupes Tolita, voy a buscar una botella ‘muy bonita’ para operarte. En una mesa tenía frascos, vasos y botellas de vidrio, eligió una.

 

– Mira Tolita, escogí la botella ‘más bonita para tí’, con esta te voy a operar, ¿te gusta? – Sí.

 

El curandero se acercó otra vez a la mesa y con la orilla golpeó la botella, que se hizo pedazos.

 

– Ahora voy a escoger el pedazo de vidrio más bonito para tu operación. –

 

Entre todos los pedazos, escogió uno muy filoso y me lo enseñó, lo puso en una olla de agua hirviendo y me dijo:

 

– Tienes que acostarte en esta mesa, porque te voy a operar, vas a quedarte quietecita.

 

Me puso un algodón húmedo en la nariz, con un líquido que olía muy feo y me quedé dormida; no sé cuánto tiempo pasó, pero cuando desperté tenía toda la cabeza vendada, sólo la nariz y la boca, me dejó descubierta, seguramente para poder respirar y para comer.

 

El curandero le dice a María Belmonte de Álvarez.

 

– ¡Ya la operé! Va a poder ver con los dos ojos.

 

La cara de María se iluminó y miró al cielo aliviada. El curandero le dijo:

 

– Llévesela a su casa, a su pueblo. Al tercer día le quita los vendajes que le puse, con mucho cuidado, usa fomentos de agua tibia, porque tendrá sangre seca de la operación, así lo hace cada tercer día. Cuando cumpla un mes, me la trae otra vez.

 

Ya en su pueblo de Ojocaliente, María cuida a Tolita con mucho cariño, sus 4 hermanos se acercan a saludarla, María les pide que no se acerquen mucho porque la pueden lastimar.

 

Al tercer día, mientras sus cuatro hijos se van a la escuela, María sigue las instrucciones del curandero, le quita con mucho cuidado los vendajes, ayudándose con fomentos de agua tibia; al quitarle el último que le cubría los ojitos, descubre con horror, que tenía los dos párpados hundidos, ¡había perdido los dos ojitos! La invade un profundo dolor, ahora tiene ‘doble sentimiento de culpa’, pero no lo manifiesta, sino que reacciona violentamente y le grita a la mujer que le ayudaba en su casa. ¡Santos!, ven rápido, por favor, ¡ven rápido!

 

–  Dígame señora, ¡qué le pasa!…

 

–  ¡Llévate a Tola al último cuarto de la casa!… ¡No la quiero volver a ver!… Desde

 

hoy, tú te harás cargo de ella…

 

– Sí señora Doña María, lo que usted diga.

 

La mujer desde ese día, se hizo cargo de Tolita, la llevó con mucho cuidado a la última habitación de la casa, la que se encontraba hasta el fondo, junto al corral donde se quedaban los caballos y jumentos los domingos, que era día de plaza. Porque la casa de Doña María, era un mesón, de nombre “San José”, que era el nombre de su difunto esposo.

 

Santos era una buena mujer que le había tomado cariños a Tolita, desde hacía tiempo, así que no tuvo problemas para ganar su confianza. Se encargaba de lavarle su ropa, le llevaba sus alimentos, le ayudaba a su aseo personal, la acompañaba al baño, y al terminar sus labores, pasaba tiempo con la niña platicándole historias, que le había contado su abuelito, cuando trabajaba en el rancho de Don José, papá de Tolita, llamado “El Tropezón”.

 

Cuando Santos le platicaba del Rancho, que la niña ya no conoció, tan sólo al mencionar su nombre “El Tropezón”, la pequeña niña Tolita, reía entusiasmada y le preguntaba.

 

– Santos, el rancho de mi papá ¿era muy grande?… Te gustaba vivir ahí con tu familia… ¿Qué hacías para jugar?… ¿Tenías hermanos?…

 

Y así muchas preguntas, que a veces Santos tenía que inventar, para no desilusionarla.

 

– ¿Cómo era mi papá?… ¿Le gustaba montar a caballo?… ¿Era alto y guapo como mi hermano Toño?…

 

Al convivir de cerca con la niña, y darse cuenta de la vitalidad e inteligencia de la pequeña, decidió animarse y un día,… a Santos se le ocurrió pedirle permiso a Doña María, para llevar a Tolita al catecismo.

 

– Señora Doña María, ¿me da permiso de llevar a la niña Tolita al catecismo?

 

Enfadada por haberla molestado, le pregunta:

 

–  ¿Qué dijiste?…

 

–  Que si me da permiso de llevar a la niña Tolita al catecismo.

 

–  Para qué la vas a llevar, ¡si está ciega!… Sólo a ti se te ocurre…

 

–  Para estudiar el catecismo, no necesita ver. La niña Tolita es muy inteligente y tiene

 

muy buena memoria.

 

–  ¿Cómo sabes?

 

–  Porque cuando en la tarde le cuento historias, se las aprende y me las cuenta, pero

con detalles que ni siquiera yo me acordaba, porque usa su imaginación.

 

–  Si tú te comprometes a llevarla, te doy permiso, pero conmigo ¡no cuenten!

 

–  Sí señora Dona María, yo me hago responsable de llevar a Tolita a la iglesia.

 

Así la niña Tolita, tuvo la oportunidad de convivir con otras niñas y niños que acudían al catecismo, porque Doña María no permitía a sus cuatro hijos mayores, que convivieran con la niña Tolita. Además, ya nunca le compraron ropa de su tamaño, tenía que conformarse con los vestidos viejos de su hermana, 5 años mayor que Tolita, llamada Genoveva. De tal suerte que además de quedarle los vestidos largos, casi hasta el suelo, estaban tan viejitos y luidos, que no le duraban mucho, porque cuando los lavaba Santos, a pesar de ser muy cuidadosa, con cada lavada tenía que zurcirlos o ponerles un parche de otra tela. Santos se las ingeniaba, para conseguir retazos de tela sobrante, que le regalaba una señora.

 

Desde el primer día que Santos llevó a Tolita, se la presentó al sacerdote y le preguntó:

 

– ¿Cómo te llamas niña?

 

– Me llamo Eustolia, pero de cariño me dicen ‘Tolita’.

 

– Muy bien, pues nosotros aquí en el catecismo, también te vamos a decir de cariño Tolita. – Gracias padre.

 

– Niñas y niños, tenemos una nueva compañerita en el catecismo. Su nombre es Eustolia, pero de cariño le diremos ‘Tolita’, saluden a Tolita porque le vamos a dar la Bienvenida.

 

Todas las niñas y los niños del catecismo, saludaron al unísono.

 

– ¡Buenas tardes Tolita!… ¡Bienvenida a la clase de catecismo!

 

El padre le indicó a Santos, que llevara a la niña hasta una pequeña silla, para que iniciara la clase y además le dijo, a qué hora terminaría, para que regresara por ella.

 

Al terminar la clase de catecismo, el sacerdote les dijo:

 

– Ahora todos vamos a cantar. Tolita, no te preocupes, poco a poco te vas a ir aprendiendo los cantos, así que escucha y trata de memorizar las canciones, para que después nos acompañes a cantarlas. ¿Te gustaría cantar con nosotros?

 

– ¡Claro que me gustaría mucho! Y voy a poner mucha atención, para cantar con todos ustedes.

 

El sacerdote acompañaba los cantos, tocando una mandolina, Tolita al escuchar el instrumento, se sorprendió de lo bonito que se escuchaba las notas y sonreía. Al terminar de cantar, justo era la hora de salida y poco a poco, las niñas y los niños fueron despidiéndose.

 

Santos llegó por Tolita, pero ella le pidió esperar un poco, porque tenía que preguntarle al sacerdote, algo muy importante.

 

– Padre, me daría permiso de conocer el instrumento con el que nos acompañó, cuando cantamos todos juntos. ¡Sería posible que lo pudiera tocar con las manos!, porque así es como conozco las cosas. ¿Verdad Santitos?

 

–  Sí niña, así es como las vas conociendo.

 

–  Padre, yo nunca había escuchado esos sonidos tan bonitos.

 

El sacerdote conmovido, al ver la carita de Tolita tan sincera y a la vez, tan curiosa, le contestó:

 

– Muy bien Tolita, pero primero siéntate, para que te la ponga en las manos y puedas conocerla. Se llama Mandolina.

 

La niña se sentó, esperó a que el sacerdote se la pusiera en las manos, la niña la tocó con sus manitas, palmo a palmo, sin perder detalle; primero la caja de resonancia, que es la parte más grande del instrumento. Después el brazo, con la cabeza y las clavijas que tensan

 

– ¡Qué bonito nombre padre!

 

sus cuerdas, descubrió debajo de las cuerdas la boca de la caja de resonancia, que se encuentra frente a las cuerdas, porque al vibrar, pasa el sonido a la caja y se proyecta al exterior.

 

– Mira Tolita, este es el brazo de la mandolina, va del lado izquierdo, para que con la mano derecha, toques las cuerdas.

 

–  ¿Puedo tocar cada una de las cuerdas a ver cómo suenan?

 

–  Sí Tolita, pero con mucho cuidado.

 

Así la niña, tocó cada una de las cuerdas, inició por la de arriba, hasta terminar con la de abajo, y entonces preguntó:

 

–  Padre, ¿puedo tocarlas todas al mismo tiempo?

 

–  Muy bien Tolita, pero por favor, no sueltes la mandolina.

 

–  ¡No padre!, nunca lo haría, porque se rompe. ¿Verdad?…

 

La niña suspiró y un poco más tranquila, con los dedos juntos inició el rasgueo de arriba abajo, varias veces lentamente y el último, lo hizo con mucha velocidad. Al escuchar el sonido, la niña se levantó, le entregó la mandolina al sacerdote, brincó y brincó, varias veces de gusto, al mismo tiempo que reía entusiasmada y decía:

 

– ¡Qué bonito suena la mandolina!… ¡Qué bonito suena!
Un poco más calmada, y respirando todavía agitada por tanto brinco, le dijo al sacerdote:

 

– Padre, ¿me enseñaría a tocar la mandolina?

 

El sacerdote conmovido sonrió, al mismo tiempo que resbalaban por sus mejillas, gotas de cristal, que enjugó con su pañuelo, para luego decir con la voz quebrada:

 

– Con mucho gusto Tolita, y te prometo que desde hoy, te daré la primera clase, cada día te doy permiso de llevarte el instrumento a tu casa, para que estudies. Si eres dedicada y de verdad quieres aprender, estudiarás todos los días. ¿Verdad Tolita?

 

– Si padre, ya verá que voy a ser muy estudiosa, para que esté orgulloso de su alumna.

 

– Pues si estudias y llegas a tocar muy bien, además con mucho sentimiento; porque ese es el chiste de tocar un instrumento, ponerle “alma y corazón”. Y si aprendes a tocarla… ¡Te la regalo!

 

–  ¿Me lo dice de verdad padre?

 

–  Yo nunca digo mentiras Tolita. Pero antes, te voy a contar la historia de esta mandolina. Siéntate por favor Tolita. (Le hace un ademán a Santos). La niña se sienta y Santos también.

 

– Este instrumento, era de mi madre, que yo la admiraba y pensaba que la tocaba como los propios ángeles. Ella quería que yo aprendiera a tocarla, y desde pequeño, como tú Tolita. ¿Cuántos años tienes Tolita?

 

–  Cinco, padre.

 

–  Precisamente tenía tu edad, cuando me enseñó a tocarla, a mí no me gustaba, pero

 

por darle gusto, aprendí a tocarla. Pero como las madres son ángeles del cielo, se dio cuenta que no era de mi agrado, así es que antes de morir me dijo: Hijo, sé muy bien que a ti no te gusta tocar la mandolina, aprendiste por darme gusto, pero antes de morir quiero que me prometas, que se la vas a regalar, a la persona que de verdad le guste la música y si tú le enseñas lo que sabes, harás una buena obra, porque Dios pondrá en tu camino, a la persona que salvarás en una circunstancia difícil de su vida, porque la música significará su salvación. ¡Me lo prometes hijo!… (El sacerdote no pudo contener las lágrimas).

 

– Entonces, ¡con más ganas estudiaré!… No por el regalo padre, porque no soy interesada, pero “¡sé que desde hoy, la música va a ser mi eterna compañera!”

 

– Santitos, tenías razón, yo no puedo seguir encerrada, sin hacer nada en esta vida,

 

¡tengo que aprender música!

 

En ese preciso momento, el sacerdote le dio a Tolita, su primera clase de mandolina.

 

SEGUNDO ACTO

 

A partir de ese día, el sacerdote le imparte la primera clase.

 

–  Tolita, esta es una mandolina napolitana, tócala con cuidado, estas son sus cuerdas, Cuatro cuerdas dobles, afinadas como el violín, esta es sol, re, la y mi; tiene la caja abombada en forma de pera, que le da sonoridad. Puedes tocar las cuerdas con tus dedos, así como lo hiciste la primera vez, ¿te acuerdas?

 

–  Sí padre, y me gustó mucho.

 

–  Tolita se siente feliz y dedica su tiempo a estudiar con afán, de tal suerte que al día

 

siguiente, sorprende a su maestro con la habilidad para tocar las primeras notas en la mandolina, pero además, haciendo acopio de interpretación “con el alma y corazón”, como se lo había mencionado el padre.

 

Así pasaron los días y las semanas, el sacerdote impartiéndole clases, cada día más difíciles, Tolita estudiando mucho, y a escasas semanas, el sacerdote le pidió a Tolita, acompañara los cantos con la mandolina. Todos los niños se sorprendieron, porque no sabían que Tolita se quedaba a tomar clase de mandolina con el sacerdote y como era la primera en llegar al catecismo, no se dieron cuenta que llevaba Santos la mandolina, para entregársela al sacerdote todos los días.

 

– Tolita, te entrego la mandolina para que hoy nos acompañes, y cantemos todos. Tolita sorprendida, no podía ni pronunciar palabra, porque aún no salía del asombro.

 

–  Por favor Tolita, recibe la mandolina para que nos acompañes.

 

–  Pe-ro-pero, pa-dre… ¿Usted cree que ya puedo tocar la mandolina para los cantos?

 

– ¡Claro que ya puedes!… recuerda que soy tu maestro y por favor, ¡acompáñanos! Tolita esbozó una amplia sonrisa, recibió la mandolina. El sacerdote dijo:

 

– Iniciaremos con la canción de “La cruz”… Si te acuerdas ¿verdad Tolita?… Todos se acuerdan de esta canción ¿verdad niños?… Fue la primera que nos aprendimos. Así que primero escucharemos la melodía que nos toca la mandolina y luego cantamos todos juntos… Una… dos… y… ¡Tres!

 

Inició Tolita tocando la introducción de la canción y a la señal del sacerdote, los niños cantaron:

 

– Alaba a Dios alzando las manos

inclínate a nuestro Señor

a tu hermano dale la mano

y con los dedos haz una cruz.

La la la lala lalalala

La la la lala lalala

La la la lala lalalala

La la la lala lalala.

 

A partir de ese día, al terminar la clase de catecismo, Tolita acompañaba el canto del final y cada día sorprendía no sólo a sus compañeros, sino al sacerdote que notaba en la niña, una gran vocación para la música.

 

Un día el sacerdote le pide a Tolita, tocar una pieza sola, porque había avanzado tanto en sus interpretaciones, que decidió enseñarle piezas diferentes y más difíciles a los cantos de

 

la iglesia. Así como Minuet en Sol mayor de Juan Sebastián Bach, la Oda de Joy, La Sonatina y la marcha Turca de Ludwig van Beethoven, con lo que aumentó su repertorio.

 

–  Tolita, ¿te animarías un día a tocar en la iglesia?

 

–  No padre, creo que todavía no estoy preparada para hacerlo delante de tanta gente.

 

–  Está bien, ya tendrán oportunidad las señoras y señores de este pueblo, para conocer a una gran intérprete musical de la mandolina.

 

 

Una mañana en la presidencia municipal, se encuentra el Presidente del pueblo con un telegrama en la mano, caminando de un lado al otro de su oficina, tan nervioso, que llega a la desesperación, por lo que llama a gritos a su secretario particular.

 

– ¡Casiano, Casiano!… ¿Dónde te has metido cuando más te necesito?… ¡Casiano! Tocan a la puerta con discreción.

 

–  ¿Se puede señor Presidente?

 

–  ¡Claro que se puede!… Si te estoy gritando para que vengas y ¡entres animal!

 

–  Pero por favor, no me insulte, ya ve cómo me pongo después de que me grita.

 

–  ¡Entra rápido que necesito que me ayudes!

 

Entra sigilosamente.

 

–  Para qué quiere que le ayude.

 

–  Eres mi secretario particular, ¿verdad?

 

–  Sí señor, eso dice usted que soy.

 

–  Necesito que me consigas un numerito musical, porque va a venir el Señor Gobernador de Zacatecas, en una visita de trabajo al pueblo de Ojocaliente… ¡Todo un honor!… ¡Y nos honrará con su presencia!…. Lo de la comida ya lo tengo resuelto, mi mujer es buena cocinera, lo que me falta es algo cultural.

 

–  Señor Presidente Municipal, ¡ya lo tengo resuelto!

 

–  Tan pronto, ¡qué bárbaro! Que pe’lao tan eficiente. ¿Qué me ofreces?

 

–  El trío que canta en la cantina.

 

–  ¿Esos?… ¡Qué te pasa!… Son muy desafinados, que digo muy… ¡Son rete desafinados y cantan muy feo!

 

–  Pero si les ofrece sus traguitos, cantan mejor Señor Presidente.

 

–  ¡Estás loco!… Como le voy a presentar al Señor Gobernador un trío de borrachos.

 

En este preciso momento me traes a alguien que toque música, que cante, que baile u lo que sea. ¡Aunque no sea de este pueblo!… Pero pensándolo bien, que sea de este nuestro querido, H. pueblo de Ojocaliente Zacatecas… (voltea a verlo) ¿Qué esperas?… ¡Ya sal a buscar lo que te pedí!… Pero eso sí… ¡Borrachos no!

 

Sale el secretario casi corriendo, pero al salir a la calle se queda pensando…hasta que reacciona… Y corre a la iglesia que se encontraba cerca. Busca al sacerdote y le dice:

 

–  ¡Padre usted es el único que puede ayudarme!

 

–  ¿Qué te pasa hijo?

 

–  El señor presidente me dijo que va a venir la próxima semana ¡el Señor

 

Gobernador! y me mandó a buscar a alguien que cante, baile o toque un instrumento. Le ofrecí al grupo que canta en la cantina y me dijo que son desafinados, pero le dije que con unos traguitos cantan mejor.

 

–  ¡Ay hijo!, sólo a ti se te ocurre ofrecerlos con traguitos encima… ¡Borrachos!… (Sonrió) ¡Yo tengo la solución!

 

–  ¿De verdad padre?… ¡Me ha salvado la vida!… Porque si no cumplo, el Señor Presidente Municipal, es capaz de mandarme fusilar.

 

–  ¡Qué exagerado hijo!… Pero vamos a poner remedio a tu situación. ¿Te parece?

 

–  Sí padre, y ¡Cuánto antes mejor!… Porque mi jefe es de pocas pulgas y no lo quiero hacer enojar.

 

–  Acompáñame hijo, vamos a una cuadra de la iglesia, a la calle de González Ortega

 

No 5, al “Mesón de San José”.

 

–  ¡Qué hay ahí padre!

 

–  Ya lo descubrirás.

 

Se dirigen caminando hasta un gran portón de madera, el sacerdote toca…

 

–  ¿Quién?

 

–  El padre Cesáreo hija, el de la iglesia.

 

–  Ya voy padre.

 

Abre la puerta Santos muy sorprendida y sorprendida, los invita a pasar.

 

– No te preocupes Santos, no pasa nada malo. Al contrario, todo lo que venimos a arreglar es algo bueno… ¿Está Doña María?

 

–  No padre, fue con unos familiares de visita, con sus hijos.

 

–  ¿También Tolita?

 

–  No padre, a ella nunca la invitan, ni conviven con ella, sólo yo me hago cargo de ella.

 

–  Pues a Tolita la venimos a buscar, porque la vamos a llevar a la Presidencia Municipal, la quiere conocer el Señor Presidente, además, ¡quiere oírla tocar la mandolina!

 

–  ¿De veras padre?… Qué gusto le va a dar a mi niña Tolita, que la van a oír y ver tocar la mandolina. ¡Un sueño hecho realidad!… Un momentito, voy por mi niña a su habitación y ahorita mismo se las traigo.

 

–  ¿Dijo Tolita padre?… Y… ¿quién es Tolita?

 

–  Ya vas a conocerla. Es la intérprete más emotiva que hayas conocido.

 

El secretario se queda intrigado por lo que le dijo el sacerdote… Cuando entra a la habitación Santos con Tolita, se queda tan asombrado que se paraliza con la boca abierta.

 

–  ¡Hola Tolita!… ¿Cómo te va?

 

–  Bien padre. Me dijo Santos que me va usted a llevar a ¿la presidencia Municipal?

 

–  Sí Tolita, el Señor Presidente ¡te quiere conocer y oírte tocar la mandolina!

 

–  Y… ¿va a haber mucha gente padre?

 

–  No hija, sólo nosotros, el Señor Presidente, el señor Secretario Particular, que por cierto está aquí conmigo, ¿lo quieres saludar?

 

El señor Secretario se queda parado y el sacerdote, le indica con una seña, que se acerque a la niña, le de la mano y que ¡cierre la boca!

 

–  ¡Hola Tolita!… Mucho gusto…

 

–  Lo mismo digo señor secretario.

 

–  ¿Estamos listos Santos?

 

–  Sí padre, ya traigo la mandolina en su funda, para que no se maltrate.

 

–  Entonces… en marcha…

 

Salen los cuatro de la casa, rumbo a la Presidencia Municipal. Al llegar a la oficina del Presidente, el Secretario se adelanta para tocar y decir:

 

–  ¿Se puede Señor Presidente?

 

–  ¡Claro que se puede!… Pasa hombre… ¡Te estoy esperando!

 

Al entrar, se sorprende por la presencia del sacerdote, Santos y la niña. Con la mirada, le llama la atención a su secretario, para decirle que no entiende la presencia del padre de la iglesia, esa mujer y la niña. El sacerdote interviene e inmediatamente toma la iniciativa.

 

– Señor Presidente, ya me dijo su Secretario Particular el motivo de su preocupación. Va a venir al pueblo el Señor Gobernador y le pidió buscara a alguien que toque un instrumento, que cante o baile. Pues le presento a mi pupila, alumna destacada de la clase de música, como sé que a usted gusta le la buena música, porque cada tarde en su oficina, escucha ópera en su ‘fonógrafo’. Por lo que sabrá apreciar la música que esta pequeña niña es capaz de interpretar en la mandolina, con ‘el alma y corazón’.

 

(Mientras el sacerdote hablaba, Santos busca una silla, le pide a Tolita que se siente, saca de su funda la mandolina y la pone en las manos de la niña), El sacerdote dice:

 

– Ahora Señor Presidente, ¿por qué no nos sentamos?
Todos se sientan. El sacerdote se acerca a tolita y le da instrucciones.

 

– Ahora sí Tolita, por favor interpreta “La Sonatina” de Ludwig van Beethoven. Tolita toca, con una gran capacidad interpretativa, “con el alma y corazón”.
Al terminar de tocar, todos los presentes se levantan y ¡aplauden con gran entusiasmo!

 

El señor Presidente Municipal reconoce que la niña es una virtuosa de la mandolina y además como le dijo el sacerdote, le puso ‘alma y corazón’ a su interpretación, tanto, que realmente el político, se conmovió a tal grado, que descubrió que la niña usaba un vestido muy grande, y además muy viejo, se notaba lo luido de la tela, e inmediatamente se le ocurrió solucionarlo. Después de aceptar que Tolita interpretara una pieza musical, con la mandolina a sabiendas, de que sería una gran sorpresa para el Señor Gobernador. Y de inmediato le llamó a su secretario particular:

 

–  Casiano, ve por mi esposa y dile que venga inmediatamente.

 

–  Si señor Presidente.

 

Sale de la oficina, lo más rápido que puede. El sacerdote le pregunta al Señor Presidente:

 

–  ¿Qué le pareció la interpretación de mi alumna?

 

–  Señor sacerdote, padre o como quiera que le digan.

 

–  Mi nombre es Cesáreo.

 

–  Bueno señor Cesáreo, créame que usted es una caja de sorpresas. ¿No sabía que usted daba clase de mandolina?…

 

–  No señor, esta niña fue al catecismo, que como usted sabe acuden todos los niños y

 

niñas del pueblo, que van a hacer la primera comunión. Ahí conocí a esta pequeña, así que desde el primer día que asistió, me pidió aprender a tocar la mandolina, con la que acompaño los cantos. Tolita al perder la vista, su sensibilidad se agudizó, se le desarrollaron los cuatro sentidos que le quedaron: el tacto, el oído, el olfato y el gusto; por eso esta niña puede tocar el instrumento, con una capacidad interpretativa que nunca había escuchado de nadie, esta niña tiene talento musical y es… ¡única!

 

Llega la esposa del presidente Municipal, saluda a todos y se dirige a su esposo.

 

–  Dime Isidoro, ¿para qué me llamaste?

 

–  Mira Eréndira, por favor lleva a esta niña que se llama Tolita, a comprarle un vestido nuevo, zapatos, calcetines y toda la ropa interior que se ponen las niñas debajo del vestido. Tú sabes, ¿verdad?… También listones para peinar ese lindo cabello rizado que tiene. (Discretamente, le abre la mano y le da dinero).

 

–  Con mucho gusto. (Se dirige a Tolita). Ya escuchaste lo que dijo mi esposo.

 

–  Si señora y ¡estoy muy contenta!

 

–  Entonces, ¿qué esperamos?… ¡Vamos!

 

–  Señora, me puede acompañar Santitos, la señora que me cuida, porque ella sabe cómo llevarme de la mano, camina un poco más adelante que yo, para que sienta cuando sube o baja un escalón o la banqueta.

 

–  Muy bien pensado Tolita, yo no sabría cómo guiarte. Santitos: ¿nos acompañas?

 

–  Si señora, con mucho gusto.

 

Salen de la oficina y caminan unas cuantas cuadras, hasta llegar a la tienda de Don Joel, que era una tienda que vendía de todo: maíz, piloncillo, frijoles, reatas de ixtle, telas, vestidos y ropa interior para toda la familia. En el camino, Tolita sin ver, suponía que el esposo de esa señora, se había dado cuenta de su vestido luido y le hizo plática.

 

– ¡Ay señora!… como en mi casa somos muchos, a mi mamá no le alcanza el dinero y me pone los ‘gallitos’ de la ropa de mi hermana Genoveva.

 

– También mi madre me ponía los ‘gallitos’ de mis hermanas más grandes, yo creo que así es en todas las familias, donde son muchos hijos, ¡no alcanza el dinero!

 

– Por eso se lo digo señora. Estoy pensando que si su esposo le dijo que me comprara un vestido, ¿por qué mejor me compra de una buena vez… ¡dos!?

 

La señora sonríe de buena gana y al ver el entusiasmo de la niña, le propone: – Tolita, y qué te parece, si mejor… te compro ¡tres!

 

La niña brinca de alegría, porque desde que había perdido la vista, no había estrenado un vestido nuevo.

 

– Ya oíste Santitos, la señora me va a comprar ¡tres vestidos para que yo los estrene! A Santos, le rodaron lágrimas de alegría, y contestó con mucho entusiasmo.

 

– ¡Te lo mereces Tolita!… por ser estudiosa, buena y noble.

 

Al llegar a la tienda de Don Joel, después de saludarlo, la esposa del presidente Municipal le dijo:

 

–  Don Joel, necesito tres vestidos para ¡esta linda niña!, además media docena de calcetines, de ‘chones’, camisetas y fondos… ¡Ah! Se me olvidaba, mi esposo, me pidió que lo saludara en su nombre y que me ofreciera lo mejor de su mercancía.

 

–  Si señora, con mucho gusto.

 

Don Joel, sacó la mejor mercancía que tenía, de lo que le pidió la señora, quedando bien, ¡claro con el señor presidente Municipal!

 

–  ¡Tolita!… Deja ponerte encima este lindo vestido, parece que es tu talla, pero es mejor estar segura ¿no crees?

 

– Si señora, además la tela está muy suavecita. ¿De qué color es?

 

–  Amarillo, con florecitas color de rosa y con sus tallitos verdes… Este otro, es rosa pálido, con adornos de espiguilla y encaje, ¡está muy bonito también!… ¿Verdad Santos?… y este está más bonito, porque es blanco, tiene encaje, con mucho vuelo la falda, y ¡tiene las mangas esponjadas! (Le pone las manitas a la niña sobre el vestido y le muestra cada detalle que menciona). Yo creo que este es el más bonito, para que te lo pongas el día que nos visite ¡el Señor Gobernador!

 

–  Señora, ¿usted cree que éste es el más elegante?… ¡Lo amerita la ocasión! ¿verdad?

 

–  ¡Claro que si Tolita!… Don Joel, falta que nos muestre los zapatos, necesita Tolita dos pares, unos blancos y otros negros. (Le indica a Santos subirla al mostrador, para medírselos, Así le mide varios pares, y le piden que camine). ¿Cómo te quedan Tolita?… ¿No te aprietan?…

 

–  Los primeros que me medí, me apretaban y estaban muy duros señora. Pero estos últimos, me quedan mejor, la piel está muy suavecita… ¿De qué color son?

 

–  Estos son blancos, los que te gustaron y no te aprietan ¿verdad? Nos los llevamos. Don Joel, faltan los negros o cafés, pero por favor, que la piel esté suavecita, para que no se lastimen los pies de Tolita. (Le midieron otro par, y le quedaron muy bien, además eran de charol)… Estos zapatos son de charol Tolita.

 

–  ¿Cómo es el charol señora?… (busca el apoyo de Santos).

 

–  Te voy a decir como se ve el charol Tolita. Es una piel que brilla con el sol y también, cuando no está el sol, porque es un material muy bonito y brillante.

 

–  ¡Muchísimas Gracias Señora!… Yo nunca había tenido zapatos de charol…

 

–  Pues ahora ya tienes un par de zapatos de charol negros y un par de blancos.

 

–  Señora, ha sido usted muy buena con la niña Tolita, se lo agradecemos ‘con toda el alma y corazón’, como dice el padre que toca esta pequeña niña. ¡Muchas Gracias! 

Publicado el 17 de junio, 2017 | Por | Sin Comentarios | En la categoría Literatura | Con las siguientes etiquetas Etiquetas:

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