“LA SOTA” DE LUISA JOSEFINA HERNÁNDEZ

“LA SOTA” DE LUISA JOSEFINA HERNÁNDEZ

Reseña de: Serner Mexica

 

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Los grandes muertos: “La Sota” de Luisa Josefina Hernández dirección  de José Caballero (Dirección adjunta: Mariana Giménez)

 

El retrato de una discriminación que nos sigue rigiendo por un pasado no superado. 

 

Una mujer mestiza nos presenta el contexto. Un mulato, Gabriel, juega con Sofía, una mujer blanca. ¿Sólo juegan o hay algo entre ellos? La premisa para el escándalo.

 

—Me siento bien contigo —dice ella— porque me tratas como cuerda y no como loca.

 

Suiza, un año. El más largo de su vida. ¿Le hizo bien el tratamiento? Gabriel viaja a la naturaleza y Sofía se derrite al verlo partir, niña mimada que no puede vestirse ni peinarse sola. ¿Gabriel la visita por obligación? ¿Está enamorado de ella?

—Eso sería muy malo ¿no? —reflexiona él.

 

Gabriel debe tener cuidado y se da cuenta del riesgo de los sentimientos entre una mujer blanca y un descendiente negro. Reaparece la narradora y su autoridad contextual.

 

 

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Tocan fuerte a la puerta y la iglesia lleva a la casa de la niña a dos esclavas indígenas, que no hablan español ni maya; han sido castigadas con el látigo y alimentadas y tratadas peor que bestias, denigradas. Y también muerden.

 

Hay jerarquías en la discriminación, de lo blanco hasta lo negro pasando por lo mestizo, los grados de sangre de indio y de negro para discriminarse entre ellos. ¿Quién es menos indio, quién es menos negro? Las esclavas son desatadas y tienen que ser bañadas sin ser asustadas. No tienen nombre.

 

— ¿Están locas? —pregunta Sofía a todas las mujeres que llevan las riendas de su vida.

 

—No están locas. Están asustadas.

 

Días después vuelven a tocar fuerte la puerta. Es el ejército mexicano y buscan dos reses propiedad del patrón que los envió. Preguntan el costo para quedarse con ellas y son 2 pesos 50 centavos. Les dan diez pesos y ya con eso se van conformes. ¿Eso es lo que valen dichas vidas? Entonces viene la explicación de la conquista. Ellos, ellos, ellos. La culpa es de los que llegaron, sólo de ellos, siempre ellos. Nunca de los que aquí estábamos. Nunca de los que aquí nacimos. Nunca aquí, nunca yo, nunca ahora.

 

—Sí —dice resignada Romana—, así es. ¡Me cago en América!

 

 

 

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Las niñas indígenas finalmente se quedan, todas las siguen tratando como animales según el grado. Ser niña e indígena es el escalón más bajo en ese y este mundo de engaños. Aún los grados son racismo velado. Una de las sirvientas, mestiza, siente asco por ellas y va a lavar con emergencia los vasos que las indígenas apenas tocaron.

 

La playa.

 

Y un enorme cuadro que Gabriel está pintando:

 

—Todo mundo se siente libre —reflexiona— hasta darse cuenta de las cadenas del alma.

 

— ¿Cómo alguien podrá quererme a mí?

 

—Yo te quiero —dice él y ella se desmaya.

 

La llevan al doctor, la imagen de la vendimia de una sociedad clasista, podrida, convenciera y nauseabundamente materialista. Los prejuicios del doctor sobre el mulato hacen confrontarlos y Gabriel le propina un justo puñetazo.

 

—No sé que hice —se pregunta Sofía—. ¿Hice algo malo?

 

— ¿Te da vergüenza que Gabriel sea tu amigo? —pregunta Romana.

 

—Todos se sienten con derecho a preguntarme.     

 

¿Gabriel ve a Sofía como hermana? No, no la ve como hermana. Le ha hecho una declaración amorosa. ¿Por eso se desmayó? Sí, porque él la ama, pero sufre al amarla y por eso sabe que no la ve como hermana. ¿Piensas irte al convento?

 

 

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—Dios y las monjas no tienen nada qué ver. Si buscas a Dios no busques en los conventos.

 

Las niñas indígenas rodean a la niña blanca, la someten e intentan purificarla.

 

— ¡Auxilio!

 

Pero sólo la despeinan y le quitan algunas partes de sus ropas, aunque la niña blanca grita y llora como si hubiese sido violada por una horda. La servidumbre llega a rescatarla y ella acusa a las niñas indígenas, que ni siquiera hablan.

 

—No la atacaron.

 

Sólo es racismo disfrazado. Golpear a una india no es malo, golpear a una blanca, por un indio, es lo peor que puede haber en este mundo maldito.

 

— ¡Déjenlas en la selva!

 

Sin embargo, el aljibe se hace cargo. ¿Qué pesa más, la muerte de un indígena o la preocupación de cambiar el agua del aljibe? Discriminación por parte de los discriminados. Como decíamos, sólo es cuestión de grado. ¿Quién es menos negro y quién es más blanco?

 

—Es muy triste ser de otra raza —dice, lamentándose, Romana.

 

Las niñas indígenas sólo habían asustado  a Sofía. ¡Pobre niña rica! Entonces la elipsis, la falsedad e hipocresía como apoteosis de una sociedad clasista y racista. La boda de Sofía con el doctor golpeado se funde en la mediocridad espiritual y, mientras tanto, la sota de copas en lo alto.

 

Aplausos al tema, actores, dramaturga y dirección escénica.

 

* * *

 

“La Sota” es una de las seis obras que integran la dramaturgia Los grandes muertos de Luisa Josefina Hernández (El galán de ultramar, La amante, Fermento y sueño, Tres perros y un gato & Los médicos), hasta el 3 de julio en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario y del 10 al 26 de julio en la Sala Héctor Mendoza de la Compañía Nacional de Teatro.

 

www.teatro.unam.mx

 

 

Publicado el 29 de junio, 2015 | Por | Sin Comentarios | En la categoría Difusion Publicaciones Recientes Teatro Teatro contemporáneo | Con las siguientes etiquetas Etiquetas:

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