“LOS CERDOS” DE SILVIA PELÁEZ EN EL TEATRO EL GRANERO

“LOS CERDOS” DE SILVIA PELÁEZ EN EL TEATRO EL GRANERO

Por: Anaraceli Alvarado

 

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Un texto dramático bien logrado, poético y entrañable, la autora Silvia Peláez tuvo la capacidad de recrear una estructura dramática, que pulula entre el presente y el pasado, con dos personajes en la infancia (pasado), y en un presente, cuando penetra en “los recovecos de la memoria” y llegan avasalladores, cuando las dos niñas son adultas.

 

Una de las características principales de la infancia, son ‘el juego’, porque es una pieza clave en el desarrollo integral, guarda conexiones sistemáticas para el desarrollo humano en otros planos, como son la creatividad, la solución de problemas, el aprendizaje de papeles sociales, porque no es sólo una posibilidad de autoexpresión, sino también de autodescubrimiento, exploración y experimentación con sensaciones, movimientos, relaciones, a través de las cuales llegan a conocerse a sí mismos y a formar conceptos sobre el mundo.

 

“No dejamos de jugar porque envejecemos; envejecemos porque dejamos de jugar”

George Bernard Shaw

 

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El Teatro, es esencialmente lúdico por ‘antonomasia’, porque crea ambientes mágicos, genera ambientes agradables, genera emociones, genera gozo y placer. Incursionando en estudios de recepción teatral, se debe tomar el caso de una obra teatral, enriquecer la perspectiva histórica de la relación público-teatro e incursionar en la etnografía de los públicos y otros enfoques más vinculados a la tetralogía, colocando al espectador como uno de los elementos de atención. 

 

El público no encontró en el teatro algo que le resultara vital. Algo que le haya estremecido o le haya conmovido y les haya permitido romper el asfixio cotidiano; que les haya permitido reencontrarse consigo mismo y con el otro, en esta sociedad dolida y fragmentada.

 

Diana Fidelia como Alejandra, habla como ‘tarabilla’, sin embargo su dicción es tan deficiente que no se le entiende, sólo cuando supuestamente trata de hablar en secreto, logra hablar pausadamente desgañitándose por el esfuerzo, porque no sabe o no le enseñaron a hablar en secreto, de manera correcta y audible para el espectador.

 

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Ichi Balmori representa a Irene, sentada, inmóvil, dice sus parlamentos sin ninguna intención, ni carga emotiva, pareciera un maniquí parlante, en contadas ocasiones mueve la cabeza y sin una razón lógica levanta la mano derecha.

 

Isabel Toledo fue la única que tuvo la capacidad histriónica de crear su personaje llamado Ale, usó voz natural de niña, tono, volumen, buena dicción, carga emotiva en cada uno de sus parlamentos, logró un desarrollo emocional interno, con la noción de ‘subtexto’, sin duda un trabajo personal, tomando en cuenta de que es Beneficiaria del Programa de Creadores Escénicos, año 2014 del FONCA.

 

 

Emilienne Limón diseñó el vestuario en un solo tono, guinda, que se pierde entre la butaquería que es casi del mismo tono, como si quisiera desaparecer a los personajes, sin ninguna personalidad, ni siquiera tomó en cuenta el volumen de una de las actrices.

 

Nora del Cueto le da vida a Ene, un personaje que durante mucho tiempo se mantiene fuera de la isóptica del público, (tomando en cuenta que el espacio escénico del “Teatro El Granero” es ‘arena’), se la pasa fumando y hablando algo que ni siquiera fue audible, menos se  le entendió lo dicho por su personaje. Sólo deambuló por el espacio escénico, deteniéndose para encender pequeñas veladoras que se encontraban dispersas en el suelo, sin ningún significado.

 

El diseño sonoro a cargo de Ricardo Cortés, pareciera que sólo usó el ruido de los ventiladores, que al apagarse le permitían al elenco un silencio, que debiera ser suficiente para entender cada uno de los parlamentos que a veces, pareciera que quisieron ser coros, porque decían las mismas palabras, sólo que a destiempo.

 

Otras veces, pareciera que dialogaban Irene y Ene, se encimaban en sus parlamentos y a veces resultaban incoherentes, ensuciando el trabajo de las dos actrices, que carecían de significado y significancia.

 

Un texto interesante y aunque sea reiterativa al mencionarlo, bien logrado, poético y entrañable, la autora Silvia Peláez tuvo la capacidad de recrear una estructura dramática, que pulula entre el presente y el pasado, con dos personajes en la infancia (pasado), y en un presente, cuando penetra en “los recovecos de la memoria” y llegan avasalladores, cuando las dos niñas son adultas.

 

El diseño de espacio escénico y luminotecnia, fue fallido, por cierto a cargo de la misma directora Lydia Margules, que no tuvo la capacidad creativa de ‘poner en escena’ un texto tan poderoso. Se limitó a sentar a las dos niñas durante toda la obra, aún sin que participaran en la escena. Irene, bajo una lámpara de pie, inmóvil, ni trazo escénico, una dirección fallida, sin creatividad y aburrida.

 

Tan fácil que hubiera sido, el haberles dado la oportunidad a las niñas de jugar, de entrar y salir de escena, como lo decían sus parlamentos, no tenía que especular la directora, sólo darles su lugar de ‘niñas’, esconderse de la vista de las monjas, acercarse a la porqueriza, travesuras que mencionaban en sus diálogos, no pudieron ser representadas en acción lúdica, como era menester.

 

El espacio dramático es un espacio de ficción, donde el texto sitúa la acción de la obra dramática y que el espectador reconstruye con su imaginación. Sin duda no puso en práctica lo aprendido.

 

 “Los públicos no son un elemento externo ni posterior a la creación teatral, sino que son constitutivos del hecho teatral y partícipes activos de la construcción de la teatralidad”

Publicado el 25 de noviembre, 2014 | Por | Sin Comentarios | En la categoría Difusion Publicaciones Recientes Teatro Teatro contemporáneo | Con las siguientes etiquetas Etiquetas:

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